viernes 27 de enero de 2012

Robinson Jeffers en Círculo de Poesía


Meritxell Serrano reseña Fin del continente. Antología mínima de Robinson Jeffers, en la revista mexicana Círculo de Poesía:

La traducción de Chaves es una traducción modesta: no se impone sobre el texto original, no trata de llenar vacíos ni de normalizar los versos, ni trata de llamar la atención sobre sus propios rasgos literarios como lengua romance, sino que se comporta con cautela. Identifica y mantiene las voces que ya están presentes en el original: la fuerza poética, las ideas filosóficas, las descripciones, el paisaje, la vida cotidiana, los parlamentos, las anécdotas y los principios de un Jeffers modernista que ahora encuentra una voz nueva en español.

martes 24 de enero de 2012

Un poema: Camille Dungy


ESTOS SON LOS MOMENTOS PERMITIDOS - Camille Dungy


               Entre las gotas de lluvia,


                              el espacio, ciertamente,


pero a todo lo llamamos lluvia.


          Cuelgo de los intervalos no empapados,


mientras Callie está durmiendo,


                    mi viejo yo necesario


e imperceptible como el aire.

(Traducción: G.A. Chaves, 2012.)

viernes 20 de enero de 2012

50 años sin Robinson Jeffers


Hoy se cumplen 50 años del fallecimiento de Robinson Jeffers. El LATimes lo recuerda no sólo como el primero, sino también como el más imponente de los poetas californianos.

Ave et Salve, diría Catulo.

jueves 22 de diciembre de 2011

Alguien, alguien...: Campbell McGrath


Como para que no se nos vaya diciembre en blanco, y ya para ir despidiéndonos de este año en que escribimos tanto pero cafeteamos tan poco. Siempre hay que volver al mar y a los "Seven Notebooks" de Campbell McGrath... Saludos.


8 DE AGOSTO – Campbell McGrath

Alguien está haciendo una lista de compras en el desayunador
     cerca de la ventana.
Alguien está pelando pepinos, bebiendo un margarita azul.
Alguien se roza con el dedo gordo la punta de un diente nuevo.
Alguien hace patinar su bicicleta en las piedras del malecón bajo
     los letreros para los botes de fiesta pesquera: TODO EL DÍA DE
     SUERTE – MEDIO DÍA DE ANCHOAS.
Alguien con rencor tira un lápiz al suelo, alguien está comiendo
     papitas de la bolsa, alguien no se está comiendo sus
     Choco-Krispies.
Alguien está recogiendo crayolas rotas en la lavadora, alguien
     hace chasquear tapas de botella en una palma.
Alguien revisa su e-mail.
Alguien llora.
Alguien se clava en una gran ola verde.
Alguien está bebiendo sal seca de un hombro, y tiembla de frío.
Alguien se siente muy solo y asustado.
Alguien está esperando que llegue FedEx a entregar un contrato,
     mantén los ojos abiertos.
Alguien es demasiado pequeño aún para la montaña rusa, quizá el
     otro año.
Alguien les lanza piñuelas a soldados de juguete, alguien va a sacar
     cangrejos y apenas si agarra pasto marino.
Alguien está tirado en la hamaca, leyendo un libro maravilloso.
Alguien con su mano le hace sombra a una garza, alzando
     aceitunas de un plato de porcelana, creyendo que los vencejos
     de la tarde silban sólo para él.
Alguien detecta el sabor del sílex en el sauvignon blanc, sabor de
     menta, limón, piedra de río irlandés.
Alguien está estudiando la Guía de campo Audubón, alguien
     extraña el tintineo de llaves ausentes.
Alguien se está decidiendo por un pastel de arándanos en lugar de
     uno de fresas.
Alguien atonta las begonias, alguien riega las nuevas hortensias
     rosadas, a alguien le duele la espalda de estar sembrando.
¡Alguien pidió otra pizza del lugar equivocado!
Alguien amontona y desamontona conchas de almeja en la
     oscuridad.
Alguien quiere escuchar otro cuento.
Alguien empuja el coche del bebé hasta la ensenada, se compra un
     café donde Andy, mira los botes zarpar hacia la distancia.
Alguien se despierta sudando. ¡Sólo fue un sueño!
Alguien está en la ducha, gritando Alguien que me traiga un paño.
Alguien espera el tractor de la playa, patea la arena, aburrido y
     feliz al mismo tiempo.
Alguien ha tenido el mejor año de su vida, alguien está luchando
     contra ángeles tempestuosos.
Alguien envuelve en algas una piedra lisa y se imagina que es un
     huevo de dragón.
Alguien está escuchando el resonar de los truenos desde el océano
     pasada la medianoche.
Alguien mira la ceja de su madre, arrugada por la labor de la
     memoria: ¿no es que había una lista de compras, qué había en la
     lista, dónde está ahora?

(Traducción: G.A. Chaves, 2011.)

sábado 26 de noviembre de 2011

Insistencias en Luzbel: Crítica literaria

El diario El País publica este artículo con visiones y revisiones sobre el estado actual de la crítica literaria. Lo dejamos aquí para volver sobre él cada vez que haga falta (y hará falta; eso es un hecho).

La llamada crítica "seria" ha pasado en su mayoría a ser dominio de los académicos, que escriben usando una jerga especializada, en la extraña creencia de que lo complejo solo puede presentarse por medio de frases impenetrables, y que parecen más preocupados por la crítica de la crítica que por la crítica de la literatura. ELIOT WEINBERGER

Por lo general, las reseñas son meros resúmenes de las obras, elogios indiscriminados o acercamientos teóricos. Falta casi todo: compromiso, penetración, discernimiento, profundidad, horizonte, pero sobre todo valentía. Atreverse a opinar con fundamento si una obra es buena o mala y por qué. ENRIQUE KRAUZE

jueves 17 de noviembre de 2011

Un memo para el futuro


Quisiera empezar diciendo que, por lo que oigo y observo, casi a nadie le gusta la poesía que se escribe en Costa Rica.

Año tras año seguimos asistiendo al desesperado ritual de las lecturas y presentaciones—más por solidaridad con los involucrados que por aprecio hacia el arte; y vamos con el espíritu con que se va a la boda de una pareja que se casa prematuramente: obligados a dar una felicitación, pero convencidos en el fondo de que lo que corresponde es más bien un pésame, cuando no un fuerte regaño. Y así, poco a poco, nos hemos ido alienando de la escritura que se hace a nuestro alrededor y la hemos relegado al nivel de otra simple ocasión social, como un cumpleaños o, como ya dije, una boda intempestiva.

Uno quisiera ser más optimista y ver en el actual boom de poetas una diversidad de estilos y propuestas, pero a la hora de leer los textos lo que uno encuentra es una apabullante repetición de efectos y manierismos, las mismas poses y la misma carencia de ideas, las mismas dicotomías, reales o imaginarias, que nos han marcado desde la aparición de la Lira Costarricense.

Sin embargo, no se puede negar que frecuentemente pasan cosas buenas. El 2011, en particular, fue un buen año. Contó con al menos dos hitos editoriales en poesía que me gustaría rescatar porque, en medio de la indiferencia que causa casi todo lo demás, estos dos libros están en peligro de caer demasiado pronto en el irremediable olvido.

Uno de estos hitos fue la publicación, con la Editorial Germinal, del libro Morituri de Klaus Steinmetz. Se trata de un poemario que merecía mayor atención aunque fuera sólo por el hecho de no estar escrito desde ese YO omnipresente de la poesía costarricense: está escrito desde otros, con otros. No nos hace perder el tiempo informándonos del bar favorito del autor ni de las canciones que escucha mientras llora sus penas. Tampoco está lleno de frases que suenan bien pero que no significan nada. Además, con todo y ser verso libre, las líneas de Morituri están concebidas como unidades de ritmo, de aceleración y de silencio. Son versos conscientes confeccionados para generar efectos. Son arte, no accidente; y eso convierte a Morituri en un libro ejemplar y destacable.

El otro hito es la reimpresión, por parte de la Editorial Costa Rica, de la Poesía escogida de Ana Istarú.

Al contrario de lo que sucede con su teatro, la poesía de Ana Istarú da la impresión de ser la negación de la vida y las ideas de la autora. La ruta existencial que trazan sus poemas, desde La estación de fiebre de 1982 hasta Verbo madre de 1995, es la ruta más tradicional –y hasta diría estereotípica– a la que puede aspirar una mujer: primero la amante joven, rebelde, insaciable, de frente a la familia, la Iglesia y la sociedad entera; luego la mujer despechada, la que le cobra al hombre el fin del amor y su alergia al cariño, un cariño que acaba como una sopa fría (la imagen casera y sumisa por excelencia); y finalmente la mujer-madre, la que se reencuentra con su propia progenitora, la que finalmente, después de los placeres y los adioses, parece reconciliada con su (antes tan opresivo) rol reproductor. Todo esto expresado consistentemente en un lenguaje en el que sobreabundan metáforas de fuerte sesgo femenino, como flores y aves: “enervada frambuesa de tu encía”, “frambuesa y rocío espeso / tu saliva”, “dame espada de duro clavel”, “mis senos… / desquiciados pelícanos en llamas”. Otra imagen común es la semilla y todo lo que tiene que ver con fertilidad: “miel y esencia”, “redondas cosechas”, “avena generosa”, “casto trébol”, “polen de la vida”. O estos versos famosos:
Si del sexo te acuerdas,
fiebre de abejas
traigo, el perfil de la pera
entre las piernas
(La estación de fiebre, IX)
Son imágenes totalmente inofensivas, plásticas quizá, pero inofensivas—aunque no sé… en gran medida han sido estos poemas los que han dado permiso de existir a cosas como “te declaro astronauta de mi cuerpo (…) / absoluto explorador de universos / escondidos en el pubis”, por mencionar sólo un ejemplo particularmente nefasto extraído de una antología reciente.

Pero volviendo a Istarú: La inocuidad de estas imágenes atenta abiertamente contra la pretensión de que esta es una poesía contestataria, de ruptura. No hay tal ruptura, ni moral ni estética, porque en este modo de hablar de sexo por medio de imágenes dulcificadas, de un modo siempre sublimado y encubierto de delicadeza, no hay ningún asomo de superación de esa tradición de nuestra poesía erótica más vieja en la que se encabezaban los poemarios con citas del Cantar de los cantares o se ponían títulos ceremoniosos como Devocionario del amor sexual. Esos no son modos de ruptura; son formas de pedir permiso.

Tal vez los poemas de Istarú sonaban mucho más contestatarios en los años 80 cuando aparecieron por primera vez, pero lo cierto es que ahora, después de autoras como María Montero y hasta Silvia Piranesi, que han vuelto obsoleto este tipo de lenguaje, no pasan de ser piezas de época, que de tan comunes e inofensivas son fácilmente copiadas por talentos menores. Uno esperaría que nuevas autoras ayudaran a superar definitivamente esa idea de la feminidad.

Ahora, el asunto no es tan fácil como armar rabietas y decir que una cosa me gusta y otra no. La razón por la que celebro la publicación de estos dos libros en porque son textos clave, de poetas fuertes con visiones originales, que de un modo u otro reproducen en sus poemas visiones de lo que significa hoy, noviembre del 2011, escribir poesía en Costa Rica. Y es que, además de mostrar las carencias literarias de los autores, las obras que leemos, año con año, muestran las carencias que nosotros, como lectores, tenemos a la hora de dialogar con estos textos y hacerlos relevantes.

El problema concreto, creo, es que no dialogamos abiertamente sobre nuestra literatura. Primero, no se leen los textos, pero incluso cuando se leen, estos textos no generan un discurso plural entre los lectores. Tenemos, por un lado, las reseñas de libros, que cumplen una función más bien publicitaria, y está bien. Luego está la crítica académica, que casi siempre llega tarde a los hechos, y lo hace para etiquetar, con criterios teóricos e historiográficos, lo que ya se ha hecho. Poco o nada se dice sobre los textos que se están haciendo.

Este vacío crítico ha permitido varios vicios históricos en nuestra literatura. Uno de ellos es la repetición, casi sin superación, de los gestos de ruptura. Los poetas locales prefieren ignorar su pasado y acaban, casi irremediablemente, repitiéndolo. Las mismas temáticas y gestos de ruptura se pueden observar entre, por ejemplo, Jenaro Cardona, Carlos de la Ossa y, hoy en día, Joan Bernal. Y me temo que no es un asunto de influencia, porque con toda seguridad está basado en el mutuo desconocimiento.

Los movimientos literarios en el país usualmente se plantean como una protesta contra la generación precedente, lo cual es normal, pero ese gesto casi nunca va acompañado de una lectura crítica de los límites creativos de esa generación anterior. Tampoco se plantean relecturas de otros autores más lejanos en el tiempo y el espacio. En nuestro país, el gesto de ruptura es siempre un gesto de olvido; y esto a lo que más frecuentemente lleva es a la reincidencia en los errores y a la profundización de nuestros límites.

Otro vicio que genera la ausencia de una lectura directa de los textos y su consiguiente crítica es que, a nivel de premios y otras formas de promoción cultural, se premian obras mediocres que no hacen más que repetir modelos gastados (“lo que suena a poesía” que más que un criterio es un prejuicio), con lo cual se contribuye con plena alevosía a convertir la poesía y en general a todas las artes en algo socialmente irrelevante.

Quiero recordarles que esta charla se da en el marco de la presentación de un informe sobre derechos culturales y, en específico, sobre el derecho a participar en cultura. Una de las formas en las que las personas participan de la cultura es hallando valores en ella. La cultura es una forma de crear significados en una comunidad. De manera que cuando la literatura, que es sólo una de las muchas manifestaciones de la cultura, pierde relevancia para la comunidad y no genera un diálogo crítico alrededor de sí misma y en relación a otras culturas literarias, pierde la capacidad de crear significados para la comunidad que la produce, significados como la feminidad o los límites de la subjetividad creativa, para hablar de lo que uno puede encontrar en Istarú o en Steinmetz. Algo de esa “imagen separada” que Carlos Francisco Monge ve entre el acto creador y la realidad en la que se crea, tiene que ver con nuestra incapacidad de darle un sentido vital, urgente, a la literatura del país.

Hace falta, entonces, y entre otras cosas, una crítica literaria dispuesta a dialogar directamente con los textos. Se me hace imposible dar recetas de cómo hacerlo porque precisamente de lo que se trata es de buscar formas nuevas y plurales de hacer que la literatura sea relevante. Pero insisto en que no se trata simplemente de escribir reseñas, sino de fomentar un diálogo directo con los textos y, por ende, con los modos históricos de la escritura. Debe ser un diálogo creativo, no prescriptivo. La crítica no-académica que propongo no sería tanto un gesto canonizador porque no establecería obras irremplazables, sino más bien canonizante en el sentido de que estaría constantemente revisando los supuestos y principios desde los cuales se leen las obras del canon.

Tampoco propongo un universo donde la crítica sea lo predominante. Hay aquí un riesgo serio de caer en otro vicio, y es que nadie opine nada hasta que los críticos no se pronuncien. Esto es otro modo de silenciar; otro modo de no leer. Lo que propongo es más bien una diálogo más abierto y honesto sobre los límites y posibilidades de nuestra literatura, de sus obras concretas. Lo que hecho hoy apuradamente con Steinmetz e Istarú es sólo un ejemplo (no sé si un modelo) del tipo de diálogo con las obras que me hace falta en el medio. Este tipo de crítica no es la solución a todos los problemas de nuestra literatura, pero sí es una forma de devolverle relevancia social a la escritura y tratar de romper un poco ese círculo de silencio que cae sobre todos los autores y libros casi después de que se publican, así como para controlar un poco la absoluta permisividad con la que se escribe en Costa Rica y que ha hecho de la literatura local una banalidad lamentable.

Empecé diciendo que a nadie le gusta (o al menos le satisface) lo que se escribe en Costa Rica. El grupo que más sufre en este estado de cosas no son tanto los escritores ni los críticos ni los académicos, sino los lectores. En efecto, de lo que se trata es de hacer la literatura más problemática, y por tanto relevante, para ellos, los lectores, sea cual sea su tamaño como comunidad y a sabiendas de que nunca dejarán de ser apenas una parte del espectro cultural total del país.

Es necesaria una crítica que vuelva a los textos, que se plantee seria y creativamente las preguntas sobre el qué y el cómo de la escritura (“¿Qué se escribe?, y “¿Cómo se escribe?”—e incluso “¿Para quién se escribe?”), que no tome a los textos como monumentos ni como puntos curriculares, sino como modos de cuestionamiento.Una crítica que se conciba a sí misma como una conversación abierta sobre las representaciones que hemos hecho de nosotros mismos en la literatura y sobre la validez actual de esas representaciones.

Insisto: la crítica no-académica no es la pomada canaria. Pero me temo que sin ella nos veremos de nuevo aquí, en 20 o 30 años, en ese futuro inaccesible, hablando de estas mismas cosas sin haber avanzado gran cosa.


(Texto leído el miércoles 16 de noviembre de 2011 en la Casa Cultural José Figueres Ferrer, en la charla titulada "Presente y futuro de la literatura costarricense", organizada por la UNESCO en el marco de la presentación del Informe sobre Derecho Culturales y Participación en la Cultura.)

lunes 24 de octubre de 2011

Agua: Silvia Castro


Agua,
de Silvia Castro
Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría 2010
Ediciones Torremozas, España

El poemario Agua, de Silvia Castro, fue co-ganador, junto a Ángeles para suicidas de Alexánder Obando, del Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría 2010. Lastimosamente, no está disponible en librerías costarricenses, y fue sólo hasta hace un par de semanas que pude echarle mano a una copia prestada.

De entrada, tengo que reincidir en la queja anual sobre los criterios que emiten los jurados del Premio Nacional de Poesía. No se trata simplemente de que yo no comparta el criterio, sino de que, ya leídos, los libros casi siempre contradicen los criterios con los que se los premia, y acaban confirmando esa horrible sospecha (también anual) de que los premios se deciden antes siquiera de leer los libros concursantes.

Así, aunque me satisfizo mucho el premio concedido a Ángeles para suicidas, que ya reseñamos aquí, no puedo negar que el fallo según el cual la poesía de Obando “está escrita desde y hacia la cultura universal, tendencia por lo demás vigente en la lírica actual” es un juicio vacío, improvisado, y que acusa haber sido dicho en un momento en que no se tenía nada que decir. ¿De cuándo a acá estar “vigente” es criterio para ganar un premio nacional? Al ver la lista de ganadores anteriores, pareciera más bien que “estar desfasado” es lo que está vigente. Además, lo que en verdad está vigente en la poesía costarricense es otra cosa, pero es algo que los jurados de los premios nacionales no son capaces aún de reconocer como “poesía”. Eso es parte del problema.

Qué mal síntoma es que los jurados de un premio literario se sigan impresionando cuando un poeta, en el año 2010, publica poemas con referencias culturales (literarias, musicales, históricas, etcétera)―eso que el fallo llama “cultura universal”. ¿De qué forma escribe uno si no es “desde y hacia la cultura universal”, aunque escriba sobre su provincianísima infancia en un pueblito alejado? Ese fallo reduce a capricho de nerdo lo que en Obando es voluntad creadora.

En cuanto a Silvia Castro, el fallo dicta que el premio le fue concedido ya que el suyo “es un poemario de cuidadosa ejecución tanto en el uso del castellano, como la configuración de sus imágenes y la sutil expresión del mundo femenino”. Vamos por partes:

1) Hacer gala de un cuidadoso uso del castellano está bien como criterio para pasar el examen de bachillerato en redacción, pero no para ganar el Premio Nacional de Poesía. Esto es un recurso “facilón y manido” y “una obviedad que de suyo se cae”, como ha dicho Gustavo Solórzano-Alfaro. En efecto, nadie espera de un escritor que gana premios otra cosa que escriba bien. Pero, ay, si algo no hace Silvia Castro en Agua es ser cuidadosa en el uso del castellano. La mayor parte de las veces es para bien, como cuando crea antropomorfismos ("Un grifo me interroga con su ojo sin llanto", p. 20.), metáforas pulcras ("Las calles derraman longitud", p. 23.), y hasta tropos atrevidos (“Un olor a oídos”, p. 15.) Pero esto no es un "uso correcto" del español. Esto es lenguage vuelto contra sí mismo, llevado más allá de su naturaleza. Qué lata de literatura tendríamos, de Góngora a Cabrera Infante, si los escritores fueran cuidadosos en el uso del castellano.

Pero más allá de consideraciones estilísticas, que alguien por favor me explique dónde está el cuidado en el uso del castellano en el verso “Escucho Closing Time mientras los ojos.” (A propósito dejo el punto final dentro del entrecomillado: esa es toda la frase. De hecho, esa es toda la primera estrofa del poema “Tom Waits y las cosas”, p. 15.) No es un caso aislado, ni un error de edición. Es una línea que cabe perfectamente bien en el universo lírico de alguien que escribe cosas como “Mi madre tiene un iris de miel cuando la tarde.” (Otro punto final; otra estrofa completa, p. 59.)

2) Sobre la “cuidadosa configuración de las imágenes” ya casi hablamos. Pero antes…

3) Que alguien me explique qué hay de “sutil (!) expresión del mundo femenino” en esta estrofa del poema “Supermercado” (p. 46):

     Con alas.
     Sin alas.
     Nocturnas o diurnas.
     Largas o breves.
     Anchas o estrechas.
     Delgadas o gordas.
     De abastos robustos,
     normales
     o exiguos.
     De aromas o simples.
     De Kotex.
     De Tampax.
     De Playtex.
     De Stayfree.

Qué tedioso resulta el “mundo femenino” en un poema como “Lavadora” (p. 24), que transcribo aquí entero:

     Gira la longitud de mi blue jeans.
     Miro la diligencia de la máquina
     que remueve el abrazo de la tela,
     sus dedos del botón
     y me deja la prenda sin memoria,
     con un olor a Purex en el sitio del sexo
     y ese pH neutro en los vestigios.

(Por cierto: ¿no debería ser “mis blue jeans”, en plural? No sé. Hay que ser cuidadosos con el castellano.)

Una cosa más: reducir los poemas de Agua a un supuesto registro femenino es robarle lo que de sugestivo hay en los poemas. Pero, en todo caso, prácticamente no hay nada en este libro que no pueda ser escrito por un sensiblero poeta varón y heterosexual. Verbigracia: Alguna mujer habrá que domine el pulso del espejo / y susurre una frase / que en márgenes me devuelva (p. 32).

2.2) Ahora sí, hablemos de la “cuidadosa configuración las imágenes”. Para mi gusto, Agua contiene imágenes muy bien logradas. Por ejemplo, dentro del tropo general del agua y la música que acompaña a muchos poemas del libro, me conmueve la forma en la que la hablante mira “las siluetas empapadas de voz” en “Tom Waits y las cosas” (p. 15). También me parecen conmovedores estos versos sobre la pérdida, en el poema “Parte inmediato de los hechos” (p. 38):

     Las preguntas se mecen atadas a sus púas.
     Falta Luisa.
     Hay un olor a nunca entre los rieles.

Pero estos momentos son destellos en el libro; son brillos intermitentes que, como los de esa ventana que “destella su cristal” en el poema “Regreso en tiempo real” (p. 56), dependen mucho del ángulo del que se miren. Hay buenas líneas o estrofas dispersas, pero no son suficientes para justificar los poemas ni mucho menos el libro. Es el facilismo, y no el cuidado, lo que impregna tantos versos del libro, como estos de ese poema reveladoramente titulado “Descuidos migratorios” (p. 22):

     Yo dejé San José con sus pies de musgo
     y aterricé en la otra corteza del océano.

     Cómo explicar
     entonces
     este injerto de anfibios.

     Llueve en Madrid.

     Qué hacer,
     si migración no puso tal coto a mi equipaje.

     Llueve en Madrid.

     Discúlpenme, señores, las molestias.

Las molestias se las disculpo. Lo que no le disculpo es el non séquitur lastimero de ese verso final. No hay nada que lo justifique. Nada. La carencia de sentido y su total irrelevancia dentro del poema lo hacen irredimible.

Muchos versos de este libro de Silvia Castro parecen salidos de poemas magnéticos de refrigeradora. Todas las palabras gastadas del “lenguaje poético” concurren en ellos sin falta: luz, luna, destierro, silencios, sangre, nostalgia… siempre carentes de algún giro inesperado o al menos de un intento por cuestionarlas. El resultado es una poesía monótonamente declarativa, carente de sentido, reemplazable. El verso “Peces conducen las tintas del destierro” perfectamente podría decir “La tinta conduce a los peces del destierro” y nada cambiaría en esencia. Vacuidades de ese tipo abudan: “Un protocolo ciego dominará los signos” (p. 34); “Hay un aire de dagas” (p. 43); o “Porque hay lodo / en los pies a las dos de la tarde” (p. 41). Agua parece estar regido por la arbitrariedad, no por el cuidado.

A manera de justo contraste, vale la pena mencionar el poema “Nadie nos dice” (p. 27) que, como aclara su subtítulo, es un “negativo” del poema homónimo de Blanca Varela, y que en la versión de Castro está dedicado a la memoria de Alejandra Pizarnik. He aquí el poema entero:

     nadie nos dice cómo
     tirar la cara sobre el mundo
     y
     vivir sencillamente
     así como lo hace el perro de la calle
     que busca en el fondo los mendrugos
     y relame sus belfos
     como quien va a un festín
     sobre el desvencijado acento
     de sus patas

     solo en el homo sapiens
     hay ejemplos de un proceder contrario
     (de soberbia quizás me tilden las marsopas)
     detener el curso
     inclinarse
     a escupir lo ya vivido
     reflejarse en el filo del metal
     y darse muerte
     sencillamente
     darse muerte

Se trata de una adaptación muy bien lograda, a pesar de ese verso entre paréntesis que hace explícito lo que en Varela es apenas sugerido. Con todo, este poema demuestra lo útil que le resulta a Castro trabajar desde una forma concreta. La mayoría de sus otros poemas carecen precisamente de la concisión y la inevitabilidad que tiene este.

Indudablemente, el mayor mérito de este libro de Silvia Castro es sonar a poesía. Igual que pasa con las referencias culturales, el uso indiscriminado de palabras gastadas, tropos oscuros y una pizca de bajo-perfil debraviano ("Yo no pretendo un guiso de iniciados. / Pido apenas mi sal", p. 37), aún puede impresionar a críticos y jurados que siguen sin desarrollar modos propios de leer poesía, y la relegan con sus juicios vacíos a un asunto de expresión personal y de brumosa condición humana. Esta es una forma de negarle a la poesía su condición de arte y seguir promoviendo la mediocridad creativa.

Cansa insistir en esto año con año, pero no hay de otra: el criterio sobre poesía que demuestran los jurados de los premios nacionales sigue siendo el equivalente al de los que premian paisajes con casitas de adobe. Mucho más que las argollas, lo que nos está matando es esa deriva crítica en que nos movemos.