domingo 28 de septiembre de 2008

Un Pausa para el Cine: El Camino


De la misma manera en que una anécdota no hace un cuento, ni una serie de anécdotas hacen una novela, una serie de escenas filmadas no hacen una película. Esto, tan evidente como duro, es lo más sincero y fino que puedo decir después de haber visto la película El Camino de Ishtar Yasin.

He estado al tanto del entusiasmo que ha provocado esta nueva película costarricense, lo mismo en el país que en el extranjero, así que cuando La Gata me informó que el Festival de Cine Latinoamericano de AFI la proyectaría este fin de semana cerca de casa (en Silver Spring, Maryland) me resultó ineludible ir a verla.

La etiqueta de la crítica constructiva (ese homenaje que a menudo le hace el decoro a lo que ni fú ni fá) sugiere empezar por lo bueno. Lo más positivo que yo puedo decir sobre El Camino es que me gustó la fotografía: no es pretenciosa y logra crear un mundo reconocible y convincente. Otro aspecto positivo (aunque sigo en espera de más evidencia) es ver que ya se acabaron los días en que el cine costarricense no era más que una serie de comerciales en largometraje, con apabullantes close-ups a cajas de jugo Dos-Pinos o escenas en bares en las que cada diez segundos un actor mencionaba su consumo por la marca (Mi reina, ¿me traés otra Imperial? Ah... ¡y un chifrijo con chorizo Zaragoza!)

Pues eso. Ahora sí:

Es difícil no sentirse molesto con una película tan estereotípica como esta (sutilmente estereotípica, es cierto; pero estereotípica al fin y al cabo), sobre todo a sabiendas de la trayectoria vital y artística de su directora. ¿Soy la única persona que notó lo blanquita y feliz que se ve la gente tan pronto la acción toca suelo costarricense? ¿Nadie más se dio cuenta de la forma en que el humo, la basura y los campos desvastados nicaragüenses se transforman en robustos manglares y mariposas de colección cuando los personajes llegan a Costa Rica? Y el titiritero que resulta ser violador y proxeneta, ese cuyo español es suficientemente malo como para ser, de fijo, un villano extranjero, con ese trajecito claro, bastón, encorbatado y con chaleco en medio de bellas jóvenes tristes y de los calores de Granada, ¿no es él la reencarnación de ese cliché sin fondo del usurpador pervertido, distinto a nosotros para no hacernos sentir culpables, filibustero infalible que Rómulo Gallegos, con tan poca imaginación, llamó "Míster Danger" en Doña Bárbara?

Los dos protagonistas de El Camino pasan una noche de feria en Granada, y escuchan de un niño tamborilero unas retahílas populares que cantan las tristezas de los pobres del mundo: los culpables, faltaba más, son los gobiernos corruptos y el gringo repantigado. Este fragmento de previsible "concientización" es todo lo que ofrece la película sobre las causas de la miseria que retrata. Pregunto yo: ¿a cuántos trostkos ingraduables y pretileros cum-laude tuvieron que entrevistar para integrar esta profunda revelación al guión? No dejo de pensar en la millonaria inversión y en los largos meses de trabajo creativo que sin duda representó esta película, para al final deshacerse ante nuestros ojos con esta pelusa retórica.

Son tantas las oportunidades perdidas que muestra esta película (sobre todo en la carencia de diálogos o algo que le dé más fuerza y voluntad a las acciones de los personajes) que el sentimiento final es casi trágico. No, claro, por la historia que narra, sino por la impericia expresiva del material que se nos presenta. Hay tantas claves sueltas (una mujer tejiendo en una habitación triste junto a un radio anticuado; una viejita nicaragüense que se presenta diciendo que no es bruja, que sus historias realmente pasaron; un tipo que viene de vuelta con una garrafa, como si nada pasara, mientras un grupo de ilegales cruza la frontera a la par de él), tanto forzado misterio, que un espectador demasiado atento puede acabar, como acabé yo, con la sensación de haber visto una serie de escenas, no una película. Y luego están los non-sequitur: cuando Saslaya y su hermano Darío cruzan la frontera, una serie de disparos separa al grupo de ilegales y Saslaya pierde para siempre de vista a Darío. Esta pérdida, que no hay que ser demasiado sentimental para llamar fatal, se borra de inmediato cuando Saslaya descubre un turno o fiesta popular en suelo costarricense, y olvida egoístamente sus profundas penas montada en los juegos mecánicos al son de una cimarrona de chicos blanquitos con melenas envidiables. Como diría Shakespeare, What the fuck?

Los dos únicos momentos de tensión dramática en toda la película son las dos violaciones que sufre Saslaya, la primera en manos de su abuelo en Nicaragua y la segunda con el titiritero-proxeneta-extranjero-villano, con la cual acaba todo. Pero aquí no hay más que un clamor de rodillas al sentimentalismo de la audiencia. Por desgracia, la prostitución infantil en Costa Rica no es una actividad exclusiva de extranjeros inescrupulosos ni tampoco el único efecto visible de la inmigración. No estoy pidiendo un final más feliz sino algo más particular, algo que me haga entender que esta película es inexorable, que sólo pudo pasar allí y de esa forma. ¿Mucho pedir? Sí. Pero es que las opciones son demasiado fáciles y no hacen más que perpetuar estereotipos y sacar suspiros inanes. Para eso ya tenemos a Hollywood.

El guión, además, está partido a la mitad por el entremés pastoril (trasunto de documental) en el que el grupo de ilegales cuenta sus respectivas historias de pobreza y exilio mientras viajan en lancha hacia Costa Rica. Dos tipos que cargan una mesa durante toda la película logran arrancar un par de risas, nada más. Luego de eso, como las tímidas confesiones de las escenas en la lancha, estos bufones se ven como lo que son: puro falsetto visual.

Otra norma de la crítica constructiva aconseja cerrar las reseñas con una nota esperanzadora. La mía puede ser esta: sé que hay discusiones en Costa Rica para crear una "Ley de Cine" que permita que las producciones sean más frecuentes, de mayor calidad y con mejores logros. Sinceramente, espero que así sea. No se trata de hacer cine à la Hollywood, pero tampoco à la Canal 13. No creo que El Camino vaya a hacer historia más allá de los récords de premios que ha recogido. Me temo que la única razón por la que vale la pena ir a ver esta película es porque no hay mucho -ni igual ni mejor- que usurpe de momento su relevancia, y porque en todo caso hay que estar al tanto de lo ya hecho para no repetir sus fallas.

Todo esto lo he escrito con amargura porque lo mío no es la chota. Pero es que no veo de otra: si queremos arte de primera, hay que olvidarnos de las reseñas que se confunden con cartas de felicitación.

5 Servidos:

Asterión dijo...

Saludos:

Gracias por esta crítica.

Hace poco escribí una reseña sobre la película, sumamente optimista, lo cual no suelo hacer. Sin embargo, a lo mejor me dejé llevar por el deseo de creer que al fin habia posibilidades. Es decir, comparada esta película y "El cielo rojor", con todos los problemas que puedan tener, con las cinco películas nacionales precdentes, no me parecieron "ridículas", y de ahí que me fui a escribir emocionado, como diría Vallejo, "qué más da, emocionado". Mucho de lo que apuntás aquí es sumamente válido y sobre todo sano.
A Jurguen Ureña, por ejemplo, le mencionaba yo que la crítica que hizo de esta película me pareció muy comedida, y como que en realidad no quiso decir lo que realmente pensaba. Me dijo que era cierto.

Bueno, en realidad de lo que quiero hablar es de eso que mencionás acerca de las "críticas constructivas" y de las "cartas de felicitación", con lo cual concuerdo plenamente. También sobre esto, de lo que en crítica Harold Bloom se queja constantemente como la irrupción de lo "políticamente correcto", he discutido en algunos post.

El principal problema del arte costarricense es la falta de una crítica (y eso ya lo señalaba Octavio Paz hace mucho respecto de Latinoamérica). Aquí todos hacemos poesía, pero nadie esgrime un argumento fuerte porque puede herir al vecino. Aquí ahora todo mundo también empieza a hacer su cortometraje, pero que nadie diga "cosas feas", porque eso solo representa "tradicionalismo y conservadurismo", aparte de que entonces, el "filibustero" es uno, por no apoyar lo nacional, como si no fuera uno el primero que querría productos nacionales de altísimia calidad.

En fin, no me queda más que suscribir tu párrafo último y agregar: cuando abandonemos las poses "políticamente correctas" podremos empezar a ver avances reales en la producción artística, mientras tanto, solo tendremos estereotipos y complacencias facilonas.

Esteban U. dijo...

No he visto la película todavía, así que no puedo decir mucho. Sin embargo,es cierto que hay críticas fáciles de hacer (con las que todo mundo concordaría, o eso creemos), y críticas difíciles, y valientes, como esta, en ese sentido políticamente incorrectas, como sugiere asterión, y sobre todo con argumentos. Bravo.

Escatonauta dijo...

Tampoco he visto la película, pero apunto lo siguiente casi que a priori:

1. 5 de los 7 premios cosechados por la película son europeos. ¿No será que siguen enganchados de nosotros como "lo exótico"? Aquella misma filosofía que no permite a la crítica literaria yanqui ver en Centroamérica otra cosa que no sea dictadores, realismo mágico y revoluciones?

2. Se necesitan verdaderos huevos para decir lo que has dicho con un producto artístico que ya tiene siete espaldarazos. Aquí, generalmente es al revés. Nadie cree que algo es valioso hasta que es bendecido en el extranjero. Te felicito por esta saludable paradoja.

3. Costa Rica, más perdida en su propio imaginario que nunca, tiene casi 70 años de estar haciendo arte políticamente correcto, gracias a la implementación "estatal" de dicho arte. En los premios nacionales NO SE PREMIA LA CALIDAD. SE PREMIA EL DOGMA DE ESTADO, LO POLÍTICAMENTE CORRECTO SEGÚN LOS VIENTOS IDEOLÓGICOS DEL MOMENTO. Esto se debió notar lastimosamente en ese Guanacaste blanquito y feliz. Un Guanacaste que poco a poco está pasando de ser el Partido de Nicoya a PARTY IN NICOYA!!!

4. Y ese es el fin de la historia. Un país lleno de artistas temerosos de su propio oficio so pena de caer en desgracia con el poder.

Un saludo fraterno, Gustavo.

Juan Murillo dijo...

!Que refrescante, alguien que se atreve a decir la verdad!

Me da la impresión que esta pélicula ejemplifíca un problema consustancial a una gran parte del arte contemporáneo: cumplir con el protocolo artístico convierte el producto en arte. Osea, si se habla de cierto asunto (aunque sea mal) usando cierta gramática (aunque este divorciada del tema) en cierto tono (aunque se parezca sospechosamente al que se usa en productos comerciales) entonces tenemos frente a nosotros una obra de arte premiable.

Algo se ha perdido entonces, se ha perdido tan trágicamente que ni siquiera los mismos artístas (que logran superar las limitaciones técnicas de un medio relativamente subdesarrollado en CR) se dan cuenta de lo que esta sucediendo.

Saber las palabras mágicas no te hace mago, decía una amargada espectadora de uno de los miles actos de trova de nuestro país.

En el arte no hay recetas. Deliberadamente buscar una reacción emocional específica del espectador no es arte, es entretenimiento, no importa que tan pausado sea el ritmo y bonito el encuadre.

Gustavo Adolfo Chaves dijo...

Gracias a los cuatro (y a los quintos que quizá merodearon por aquí sin dejar huella) por tomarse la molestia de leer este tan enojoso y largo despotricar mío.

No deja de resultarme sintomático el que cada uno -a su manera- viniera a "terapearme" con la idea de que soy valiente, que no estoy solo, que ustedes me entienden... En fin, es como oír que se avecina una catástrofe y que ustedes saben que no voy a sobrevivir, aunque se alegran en puta de haberme conocido en vida.

No puedo dejar de agradecerles sus opiniones (después de todo, ninguno me ha devuelto la provocación), pero me pone a pensar esto de que decir lo que uno piensa, a este nivel tan básico, conlleve ínfulas de heroísmo. Y no es por tirarles el churuco a ustedes: yo he estado pensando lo mismo todos estos días.

Para ponernos a reflexionar, de verdad...