miércoles 4 de marzo de 2009

Los pecados de leer: Michael Schmidt

"El mejor lector requiere en doble medida de los siete pecados mortales. El orgullo nos equipara a los especialistas y a los críticos profesionales y nos impermeabiliza ante sus ataques. La lascivia nos pone a tono con las variadas pasiones y amores que encontramos. Sentimos envidia cuando otro lector se nos adelanta y reemplaza nuestra respuesta; esto tan sólo nos espolea hacia lecturas frescas. La ira, que debería ser desproporcionada, nos aplasta cuando ocurren injusticias: cuando un poeta muere en la indigencia o se pierde por una generación o un siglo. Experimentamos la codicia cuando encontramos poetas a los que estamos dispuestos a amar pero sus libros no están disponibles en las tiendas, de manera que codiciamos las bibliotecas de nuestros amigos o las grandes colecciones privadas. La glotonería equivale a que no estaremos satisfechos incluso con una ración completa de Spenser o todo el embrollo de La excursión; tragamos y tragamos y aún así queremos más. Finalmente, la vieja y querida pereza nos tiene acurrucados en un sofá o meciéndonos en una hamaca con nuestros libros apilados alrededor, evitando el trabajo diario y las quejas del amante. Estos son vicios necesarios. La lista se encuentra en Langland, Chaucer, Spenser, Marlowe. Ellos conocieron estos vicios desde adentro, los personificaron y nos advirtieron sobre ellos; no se imaginen que ellos eran inocentes. La pródiga atención que le dieron a los vicios revela cuánto comercio tuvieron con ellos."

(De: Michael Schmidt, Lives of the Poets. pp. 10-11. Traducción de G. A. Chaves.)

6 Servidos:

Sentenciero dijo...

Preciosa -y atroz- comparación; los libros son un vicio que requiere para su perpetuación de viciosos, enfermos, calamitosos seres que prefieren repantigarse vagabundos a alzar pesas, cocerse lo ojos antes que sacar callos en las manos. Un fragmento revelador.

Saludos, Tavo.

Esteban U. dijo...

Me encantó la etiqueta “nothing-to-do”... Eso ya debe ser algún pecado en sí mismo, así como el enfoque del tema de regusto tan medieval.

De repente no supe si Sentenciero optaba por cocerse o por coserse los ojos; o sea por ofrecerlos a los comegüevos o convertirse en imbunche donosiano; supongo que es tal como lo puso, por aquello de quemarse las pestañas, y soy yo el que oye cosas... Pero cualquiera de las dos quedaría bastante BDSM y “en armonía con el caos”, como dijo un poeta.

Silvia Piranesi dijo...

orgullo de saber lo que hemos leído. lascivia cuando hay apuntes para la no ficción. envidia cuando en el bus, el de a la par tiene ese libro que tanto uno quiere. ira de saber que no leeremos todo en esta vida (mierda!). codicia porque los queremos todos, es cierto. glotonería cuando son las 4 a.m. y seguimos leyendo. o cuando se acerca el final y no queremos terminar el libro pero ahí seguimos. pereza cuando no hay nada para leer. verdadera pereza

macizo dijo...

A pecar con ganas, sin descanso. La vida es corta y hay demasiado que leer.

Esteban U. dijo...

Contra orgullo, humildad, porque de por sí nosotros sí somos especialistas y además escritores así que vamos a renunciar a debatir para no humillar a nadie; contra codicia, largueza, o sea largueza de la garra tipo hombre plástico cuando pasamos cerca de la biblioteca de un amigo; contra lascivia, castidad, cuando los libros nos absorben tanto y nos van secando el cerebro —como a Alonso Quijada— hasta que nos olvidamos del cuerpo y hasta del sexo por largos períodos (no es que a mí me haya pasado, claro); contra ira, paciencia, cuando un libro malo no se acaba y no se acaba pero seguimos solo para poder cagarnos en él con fundamento con todos los amigos y ojalá en reseñas de prensa e internet; contra glotonería, templanza, al mejor estilo del artista del hambre kafkiano; contra envidia, caridad, “Padre, perdónalos porque no saben lo que dicen”, y contra pereza, diligencia, como las del Oeste, como las que olvidaba Marquitos Ramírez, o como esa nueva a la que los blogs nos empujan y obligan cuando no tenemos nada que hacer, o cuando tenemos demasiado pero quién va a estar breteando a esta altura del año, por Dios...

Juan Murillo dijo...

Falto, claro, la madre de todos los pecados capitales y motor de todo lector, la curiosidad.