Los pecados de leer: Michael Schmidt
"El mejor lector requiere en doble medida de los siete pecados mortales. El orgullo nos equipara a los especialistas y a los críticos profesionales y nos impermeabiliza ante sus ataques. La lascivia nos pone a tono con las variadas pasiones y amores que encontramos. Sentimos envidia cuando otro lector se nos adelanta y reemplaza nuestra respuesta; esto tan sólo nos espolea hacia lecturas frescas. La ira, que debería ser desproporcionada, nos aplasta cuando ocurren injusticias: cuando un poeta muere en la indigencia o se pierde por una generación o un siglo. Experimentamos la codicia cuando encontramos poetas a los que estamos dispuestos a amar pero sus libros no están disponibles en las tiendas, de manera que codiciamos las bibliotecas de nuestros amigos o las grandes colecciones privadas. La glotonería equivale a que no estaremos satisfechos incluso con una ración completa de Spenser o todo el embrollo de La excursión; tragamos y tragamos y aún así queremos más. Finalmente, la vieja y querida pereza nos tiene acurrucados en un sofá o meciéndonos en una hamaca con nuestros libros apilados alrededor, evitando el trabajo diario y las quejas del amante. Estos son vicios necesarios. La lista se encuentra en Langland, Chaucer, Spenser, Marlowe. Ellos conocieron estos vicios desde adentro, los personificaron y nos advirtieron sobre ellos; no se imaginen que ellos eran inocentes. La pródiga atención que le dieron a los vicios revela cuánto comercio tuvieron con ellos."
(De: Michael Schmidt, Lives of the Poets. pp. 10-11. Traducción de G. A. Chaves.)

6 Servidos:
Preciosa -y atroz- comparación; los libros son un vicio que requiere para su perpetuación de viciosos, enfermos, calamitosos seres que prefieren repantigarse vagabundos a alzar pesas, cocerse lo ojos antes que sacar callos en las manos. Un fragmento revelador.
Saludos, Tavo.
Me encantó la etiqueta “nothing-to-do”... Eso ya debe ser algún pecado en sí mismo, así como el enfoque del tema de regusto tan medieval.
De repente no supe si Sentenciero optaba por cocerse o por coserse los ojos; o sea por ofrecerlos a los comegüevos o convertirse en imbunche donosiano; supongo que es tal como lo puso, por aquello de quemarse las pestañas, y soy yo el que oye cosas... Pero cualquiera de las dos quedaría bastante BDSM y “en armonía con el caos”, como dijo un poeta.
orgullo de saber lo que hemos leído. lascivia cuando hay apuntes para la no ficción. envidia cuando en el bus, el de a la par tiene ese libro que tanto uno quiere. ira de saber que no leeremos todo en esta vida (mierda!). codicia porque los queremos todos, es cierto. glotonería cuando son las 4 a.m. y seguimos leyendo. o cuando se acerca el final y no queremos terminar el libro pero ahí seguimos. pereza cuando no hay nada para leer. verdadera pereza
A pecar con ganas, sin descanso. La vida es corta y hay demasiado que leer.
Contra orgullo, humildad, porque de por sí nosotros sí somos especialistas y además escritores así que vamos a renunciar a debatir para no humillar a nadie; contra codicia, largueza, o sea largueza de la garra tipo hombre plástico cuando pasamos cerca de la biblioteca de un amigo; contra lascivia, castidad, cuando los libros nos absorben tanto y nos van secando el cerebro —como a Alonso Quijada— hasta que nos olvidamos del cuerpo y hasta del sexo por largos períodos (no es que a mí me haya pasado, claro); contra ira, paciencia, cuando un libro malo no se acaba y no se acaba pero seguimos solo para poder cagarnos en él con fundamento con todos los amigos y ojalá en reseñas de prensa e internet; contra glotonería, templanza, al mejor estilo del artista del hambre kafkiano; contra envidia, caridad, “Padre, perdónalos porque no saben lo que dicen”, y contra pereza, diligencia, como las del Oeste, como las que olvidaba Marquitos Ramírez, o como esa nueva a la que los blogs nos empujan y obligan cuando no tenemos nada que hacer, o cuando tenemos demasiado pero quién va a estar breteando a esta altura del año, por Dios...
Falto, claro, la madre de todos los pecados capitales y motor de todo lector, la curiosidad.
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