WALLACE STEVENS: The problem with you is that you write about things.
ROBERT FROST: The problem with you is that you write about bric-a-brac...
Decíamos los jóvenes aquellos que hace una década estudiábamos ciencias políticas en la UCR que si uno no cree en Dios y se hace comunista antes de los veinte años, es porque no tiene corazón; pero si sigue creyendo y sigue siendo comunista después de los 20, es porque no tiene cerebro.
Lo decíamos con esa mezcla de marginalidad y
glamour que otorga ser los únicos encorbatados de la Facultad de Ciencias Sociales, los únicos que en esa trinchera del pensamiento pobre (más que débil) aspiraban a una vida entre diplomáticos y cocteles.
Yo, que como político siempre fui muy buen
cantante, gasté mis fervores en otro lado: la poesía. Y antes de los veinte años le escribí poemas a las mariposas y a las palomas, a los sueños, las luciérnagas y a mujeres intangibles que, respectivamente, fui llamando Mariposa, Paloma, o Luciérnaga Soñada.
Estos no eran otros que los versos vergonzantes que todos escribimos cuando la única riqueza que tenemos para vivir es el entusiasmo. Pero llega el día en que uno aprende (a veces a malas) que no puede seguir escribiendo sobre palomas que en realidad se llaman Lucrecia, Perfidia o María Luciérnaga; que no puede pasar por inteligente con sólo mencionar a Nietzsche en un cuento al que se le ven los rulos; que no puede evitar la vida como es escribiendo de amores con chicas suizas de nombre Hesse o de islas francesas que nunca nadie ha visto.
Y he aquí que el corazón del joven se despedaza; se le pasa la edad de las palomas y entra a la edad de la conciencia y los poemas se le vuelven pensativos...
Yo tuve un amigo que se rezagó en este proceso. Este amigo pensaba que leer a Umbral lo hacía culto; o más bien: que la cultura era leer a Umbral. Este amigo escribía poemas con la palabra "Amor". Y el poeta pensaba que amaba cuando decía Amor. Que es como decir "¡Qué horrible!" y esperar que ustedes se asusten. Así que un día le dije al amigo poeta lo que pensaba de sus poemas, y desde entonces no me volvió a hablar.
Hace un tiempo, repensando esta corta pero azarosa vida nuestra de escritores de versos mientras aún estaba en Massachusetts, le escribí esta carta rimada al poeta que ya de seguro me ha olvidado. Igual yo no lo olvido, como tampoco olvido el entusiasmo inicial de escribir poemas malos; tan malos como las Marías; tan puros como las palomas. Mala pureza que debe pasar para darle vida a la impura bondad de la existencia. Pero es imposible borrar del todo esas ganas dionisiacas de decir lo que se nos antoje.
Va este poema a R. Pizarro Machado, autor (hasta donde sé) de un único libro:
A la orilla del tiempo.
CARTA DESDE AMHERST A OTRO JOVEN POETA*Las horas son iguales aquí, dentro del hielo;
no tienen los matices de tardes de febrero
en el país aquel de nuestro mal nacimiento
—un buen año setenta y nueve en tonos mostaza
bajo el signo de Elytis, que es como una coraza
al jugar de poetas, cuando falla el talento.
Vivo, Byron hidalgo, en plena Nueva Inglaterra
donde el hielo es un golpe telúrico en las venas.
Aquí Emily Dickinson fraguó sus corpiños
cosiendo con jenjibre y horneando unos poemas.
También don Robert Frost cosechaba sin problemas
alguno que otro verso frugal, sin desaliños.
Pero hoy que el torvo juego de hacer versos nos pide
palabras cuya extraña y ardua elección incide
en quién somos y en cómo al final nos miraremos
uno al otro, permíteme, joven, que te hable—
moroso como soy, con voz lúdica y endeble,
y con mis rimas bajas, nunca en vuelos supremos.
Porque en estas idénticas horas en que escribo,
Cuñado en la Poesía, se me hace imperativo,
luego de andar caminos trillados verso a verso,
pedirte una disculpa: años ha fuimos amigos
hasta que en la insolencia de esa edad nos dijimos
que lo nuestro eran
cosas o
adornos, nunca
versos.
Tenemos que aceptar que pensamos diferente—
aunque esto no nos vuelva cordiales ni prudentes.
Mi verbo preferido es
ser; el tuyo,
acaecer.
Por ejemplo,
los glúteos acaecen en mis mejillas es un verso salido de mis peores pesadillas.
Unos glúteos así, poeta, son para morder.
Tus pájaros renacen—
presagios de un ocaso.
Para mí renacer es reciclar el fracaso.
Yo asocio el Ave Fénix con mañanas normales;
el Mito para mí es un perenne desafío
con dioses humanoides y genesíacos líos.
A mí denme poemas; no efectos especiales.
Para mí ya no habrá un retorno a lo sagrado
en una isla francesa con mil soles dorados.
Hombre, yo sé que vos buscás el conocimiento
en cada chica Hesse, pero eso de sentir en una boca
inviernos de Rimbaud y rollos de Camus… me choca:
a eso es lo que llamo tener muy mal aliento.
Te podría culpar de inventar alegorías
mas tal debilidad fue de Eliot y ahora es mía.
Que siempre te quedás en imagen sin discurso,
que traducís tus sueños con verbo impenetrable,
que tu triste aflicción es un hábito infumable,
que entablás un monólogo plano y sin decurso…
Alguna vez pensé que, en lugar de masturbarte,
escribías poemas, lo mismo a Ella que a Marte,
y de tal afición pasajera y narcisista
(sin materialidad ni deslumbre ante los otros,
ahorrándote el amor y otros mínimos despojos)
salías sin efectos, incólume onanista.
Pero hoy, en el hielo inmemorial de este tiempo
en que sólo los ríos no se devuelven, siento
el perpetuo letargo de los árboles del que hablás. Los fantasmas y las desolaciones
a mí también me acechan. Y hasta mis transgresiones
con la rima y el metro caen—sístoles sin diástoles.
Las rimas son las reglas de un feliz pasatiempo
pero no te harán falta allá, a la orilla del tiempo,
donde todo es umbral y rosa, tránsito y lirios.
Yo habito en el periódico de hoy, en su crimen.
Por ello necesito unas calles que me abismen
algo menos que el Todo en que nacen tus delirios.
Sí, te pido perdón: pero no por ser distinto;
tampoco por ser yo y por temer cuando mi instinto
me indica que las cosas olvidan su mesura.
Si te pido perdón, joven bardo atormentado,
es porque hoy he entendido, al leerte con cuidado,
que toda libertad exige algo de locura.
(*) Los siguientes fragmentos han sido tomados o parafraseados del libro A la orilla del tiempo, de Ronny Pizarro Machado (2001): verso 28 (“Sinfonía de los cuerpos”, p. 60); verso 31 (“Violoncello”, p. 38); versos 37 al 42 (“Retorno a lo sagrado”, p. 65); versos 58 y 59 (“Tránsito de luz”, p. 11).