domingo 22 de mayo de 2011

Música tenue: Robert Hass

En memoria de
JUAN DE DIOS CHAVES GARCÍA
(25 de febrero de 1929 – 22 de mayo de 2010)

(Hoy hace exactamente un año murió mi papá, y una humana tendencia ritual me dice que debería escribir algo…)

Tal vez deberías escribir un poema sobre la gracia.

(Sí, tal vez. O, mejor aún: traducirlo…)

Cuando todo lo roto está roto,
y todo lo muerto está muerto,
y el héroe se ha visto al espejo con total desprecio
y la heroína ha estudiado implacablemente su rostro y sus
     defectos,

y cuando el dolor que ellos, en su seriedad, pensaban
que podría liberarlos de sí mismos
ha perdido novedad, y no los ha liberado,
y ellos han comenzado a pensar, distante y gentilmente
mientras ven a los otros proseguir con sus días—
sus gustos y disgustos, sus razones, miedos y hábitos—
que el amor propio es el único tallo enclenque de todo brote
     humano,

y han comprendido, entonces,
por qué lo defendieron tan furiosamente todas su vidas,
y que nadie—excepto algún santo casi inconcebible en su pila
de silencio y de pobreza—puede escapar alguna vez de este
     violento y automático

compañero de vida, tal vez entonces, como luz ordinaria,
como música tenue bajo las cosas, aparece una gracia
     suspendida en el aire.


(Esa mañana tomé fotografías. De otra manera nadie —ni yo mismo— podría creer luego la niebla de ese día y toda su tristeza ambiental. El clima no es más que una parte de la utilería de la memoria, y por eso ese día quería recabar evidencias. No me inventé la ardilla muerta que hallé al salir de mi casa, ni las aguas turbias de la quebrada del parque, ni el perro correteando junto a un niño alrededor del lago Artemesia. Tal vez sí sea un recuerdo inventado la imagen del metro que pasaba junto a mí sin hacer ruido. Ese día, mientras mi familia caminaba hacia el cementerio, a medio continente de donde yo estaba, yo caminaba solo entre sauces llorones, viéndolo todo, con el volumen en cero.)

Como la historia que me contó un amigo sobre la vez
en que intentó suicidarse. Su novia lo había abandonado.
Sentía abejas en el corazón, luego escorpiones, cresas, y luego
     cenizas.

Él se trepó a la viga de un puente,
de un lado la bahía, en una tarde clara y azul.
Y, en medio del aire salado, él se puso a pensar en la palabra
     “mariscos”,

a pensar que había en ella algo levemente ridículo.
Nadie dice “tierriscos”. Aquello le parecía degradante hacia la
     perca

que él había extraído de los acantilados, la negra perca de las
     rocas,

sus escamas como carbón pulido, en lechos de alga
a lo largo de la costa—y se dio cuenta de que la razón para esa
     palabra

eran los cangrejos, los mejillones, las almejas. De otra forma
los restaurantes podrían nada más poner un rótulo que dijera
     “pescado”,

y cuando se despertó —había dormido por horas, acurrucado
     como un niño

sobre la viga—el sol se ocultaba
y él se sintió un poco mejor, y temeroso. Se puso la chamarra
que había usado como almohada, trepó con cuidado
por el enrejado, y condujo de vuelta a su casa vacía.

(Yo me di cuenta ese día de que más que morir-se, uno se les muere a los otros. Es una reflexión inútil, como todas las que nos inspira la muerte. Pero véanlo: ahí está mi familia en duelo, los amigos, el obituario en el periódico, y yo caminando solo y tomando fotos, tratando de intimar tanto con ese instante como para no olvidarlo nunca, diciéndome a mí mismo, “Esto es el dolor. Esto es la pérdida”. Diciéndomelo, digo, y siendo incapaz por alguna razón de sentirlo. Mi papá muerto a medio continente. Tres meses de no verlo. Todavía el recuerdo (cliché, y por eso sincero) de la última vez que lo escuché por teléfono, apenas una semana antes, diciéndome que estaba bien, que se sentía mejor, que hasta creía que podía estar recuperado para alinear con la Sele en el mundialito. Chiste de viejillo de 81 años, el mismo de todas las semanas. Todas las semanas la misma mentira de que se estaba sintiendo mejor. Todas las semanas mi compromiso personal de creerle la mentira. Todas las semanas la certeza de que se me estaba muriendo mi padre y que a mí lo que en verdad me acongojaba era estar más triste por mí mismo que por él. ¿Pero de qué otra forma podría ser? Una semana antes de regresar a casa, se me fue el viejo. En casa estaba todo el mundo. Era yo el que estaba vacío…)

Colgando de la perilla de la puerta halló un par de pantaletas
amarillo limón. Las estudió. Muy lavadas.
Tenían un rojizo tenue en la entrepierna que lo enfermaba
de rabia y dolor. Él estaba más o menos
donde ella estaba. Un piso en algún lugar de Cerro Ruso.
Apenas habrían acabado de hacer el amor. Ella tendría lágrimas
en sus ojos y le tocaría la quijada a él, agradecida. “Dios”,
diría ella, “me hacés tanto bien”. Luces parpadeantes,
una vista con niebla colina abajo hacia el muelle y la bahía.
“Estás triste”, le diría él. “Sí”. “¿Estás pensando en Nick?”
“Sí”, diría ella, y se echaría a llorar. “Me esforcé tanto”, ahora
     entre sollozos,

“De verdad que me esforcé”. Y entonces él la sostendría por un
     rato—

en la pared, tejidos guatemaltecos de cuando fue de gira—
y luego cogerían de nuevo, y ella lloraría otro poco,
     y se iría a dormir.
Y él, él reproduciría esa escena
una sola vez más, una y media, y se diría a sí mismo
que iba a llevarla consigo por mucho tiempo
y que no había nada que él pudiera hacer
más que llevarla consigo. Salió a la terraza, y se puso a escuchar
el bosque en la oscuridad del verano, el ladrido de los madroños
que se agrietaban y encrespaban conforme llegaba el frío.

La siguiente semana dormí en una cama donde no era bienvenido. Durante el día me dedicaba a intentar que cinco años de vida ajena entraran en tres maletas. También estaba la guitarra, ya empacada. De la música me quedaba un estuche. Pensé que podía acompañarla a ella todo el tiempo antes de irme. Quería que no se enojara más conmigo. Pero eso es inútil, pá. Uno no se muere; uno se les muere a los otros. Y ellos te lo reclaman. El asunto es que, al irse uno, los demás se sienten traicionados; y uno siente que sin importar cuánto los hayás querido, nunca nada fue suficiente. La gracia de haber vivido no le llega a uno, papi. Sucede después, cuando pasa el tiempo y alguien todavía te recuerda…)

No es tanto la historia, sin embargo, ni el amigo
que se inclina hacia vos para decirte “Y entonces me di cuenta—”,
que es la parte de las historias que uno nunca termina de creer.
Yo es que pensaba que el mundo está tan lleno de dolor
Que a veces debe producir algún tipo de canto.
Y que la secuencia ayuda, tanto como ayuda el orden—
primero un ego, luego el dolor, y luego el canto.

(El texto en cursiva conforma el poema “Faint Music” de Robert Hass, incluido en su libro Sun Under Wood. Ecco: 1996. Traducción de G.A. Chaves, 2011.)

4 Servidos:

Ophir Alviárez dijo...

Sabes que hiciste que se me enfriaran las entrañas? Cuando mi papá murió estaba al otro lado del país y yo tuve que coger a mis hermanas y volar hasta allá. Cuestión de azares o de la vida misma él regresó a su tierra y después de años muy lejos, ahí quedó. Mi llamada la noche anterior para escucharlo extrañarnos y su voz en mí como si no hubieran pasado 16 años...Mentiría si dijera que no me duele, pero el tiempo mitiga y ahora la ausencia se afinca menos y sin pensarlo, me descubro reconociéndolo en las situaciones más inusuales. Tienes razón, "uno no se muere, uno se le muere a otros" y no importa cuánto hayas querido, cuánto extrañes, hay silencios que nunca nadie podrá acallar y quieras o no siempre terminarás oyendo. Esta noche te comprendo más que nunca o tal vez deba decir sencillamente que sé a qué sabe tu nostalgia...

Un abrazo.

Ophir

Anónimo dijo...

Gustavo,

Me gustaron tus reflexiones. La muerte es algo que todos deberíamos reflexionar mucho, pues está ligada a la vida. Los mexicanos se enfrentan a la muerte como jamás había visto en mi vida y algo debo aprender de esta actitud tan sincera. Sin embargo, muchos de nosotros sólo tratamos de ignorar o olvidar la presencia de la muerte en nuestras vidas, porque se puede pasar mucho tiempo viviendo con la ilusión de que las cosas nunca cambian. Hasta que cambian. Y como tú dices la muerte produce tantos cambios en la vida de los que se quedan atrás como en la de los que se van. Nosotros no podemos penetrar en el misterio como lo hace el muerto; sólo no quedamos con el dolor y las dudas. Y esas dudas nos vacían y nos despojan de lo que éramos diciendonos que ya no podemos ser eso más. Hay que cambiar a fuerza. Yo también estoy batallando con la muerte de uno de mis mejores amigos de la vida, que falleció en febrero. Se nos mueren pero al menos podemos unirnos en la memoria de ellos (a veces mejor representada en poemas y canciones) y en la ponderación del misterio que se queda detrás de la cortina. El poema y tus comentarios hacen exactamente eso. Comunican ese vacío que tienes y eso es más sano que ocultarlo. Me siento afortunado de haber conocido a tu padre. Gracias por ser escritor tan honesto.
Abrazos,
John

Luissiana Naranjo dijo...

bellamente humano como todo lo que escribes!
También perdí a mi padre estando lejos y supe con intuición la pérdida de esa conectividad, la recuerdo aún caminando en solitario!
abrazo

Asterión dijo...

Un texto, el tuyo, muy hermoso, y el poema de Hass, qué pedazo de poema.

Mi padre, lo sabés bien, había muerto apenas unos tres meses antes, al tiempo coloqué en mi blog un breve intento de poema que yo sabía era solo ego y quizá dolor, nada más. Todavía no era canto porque todavía no podía decir otra cosa (y aún no puedo). Vos lo sabías también porque estabas quizá en las mismas, y un año después lo has hecho, en esa búsqueda permanente.

Y sí, este poema de Hass es bellísimo, y ese final, esa ars poética...

Pero bueno, igual uno aquí empieza a decir un montón de cosas cuando a lo mejor son otras las que se le vienen a la mente, pero corresponden a otros ámbitos, donde valga la pena decirlas.

Saludos y gracias por el poema