jueves 17 de noviembre de 2011

Un memo para el futuro


Quisiera empezar diciendo que, por lo que oigo y observo, casi a nadie le gusta la poesía que se escribe en Costa Rica.

Año tras año seguimos asistiendo al desesperado ritual de las lecturas y presentaciones—más por solidaridad con los involucrados que por aprecio hacia el arte; y vamos con el espíritu con que se va a la boda de una pareja que se casa prematuramente: obligados a dar una felicitación, pero convencidos en el fondo de que lo que corresponde es más bien un pésame, cuando no un fuerte regaño. Y así, poco a poco, nos hemos ido alienando de la escritura que se hace a nuestro alrededor y la hemos relegado al nivel de otra simple ocasión social, como un cumpleaños o, como ya dije, una boda intempestiva.

Uno quisiera ser más optimista y ver en el actual boom de poetas una diversidad de estilos y propuestas, pero a la hora de leer los textos lo que uno encuentra es una apabullante repetición de efectos y manierismos, las mismas poses y la misma carencia de ideas, las mismas dicotomías, reales o imaginarias, que nos han marcado desde la aparición de la Lira Costarricense.

Sin embargo, no se puede negar que frecuentemente pasan cosas buenas. El 2011, en particular, fue un buen año. Contó con al menos dos hitos editoriales en poesía que me gustaría rescatar porque, en medio de la indiferencia que causa casi todo lo demás, estos dos libros están en peligro de caer demasiado pronto en el irremediable olvido.

Uno de estos hitos fue la publicación, con la Editorial Germinal, del libro Morituri de Klaus Steinmetz. Se trata de un poemario que merecía mayor atención aunque fuera sólo por el hecho de no estar escrito desde ese YO omnipresente de la poesía costarricense: está escrito desde otros, con otros. No nos hace perder el tiempo informándonos del bar favorito del autor ni de las canciones que escucha mientras llora sus penas. Tampoco está lleno de frases que suenan bien pero que no significan nada. Además, con todo y ser verso libre, las líneas de Morituri están concebidas como unidades de ritmo, de aceleración y de silencio. Son versos conscientes confeccionados para generar efectos. Son arte, no accidente; y eso convierte a Morituri en un libro ejemplar y destacable.

El otro hito es la reimpresión, por parte de la Editorial Costa Rica, de la Poesía escogida de Ana Istarú.

Al contrario de lo que sucede con su teatro, la poesía de Ana Istarú da la impresión de ser la negación de la vida y las ideas de la autora. La ruta existencial que trazan sus poemas, desde La estación de fiebre de 1982 hasta Verbo madre de 1995, es la ruta más tradicional –y hasta diría estereotípica– a la que puede aspirar una mujer: primero la amante joven, rebelde, insaciable, de frente a la familia, la Iglesia y la sociedad entera; luego la mujer despechada, la que le cobra al hombre el fin del amor y su alergia al cariño, un cariño que acaba como una sopa fría (la imagen casera y sumisa por excelencia); y finalmente la mujer-madre, la que se reencuentra con su propia progenitora, la que finalmente, después de los placeres y los adioses, parece reconciliada con su (antes tan opresivo) rol reproductor. Todo esto expresado consistentemente en un lenguaje en el que sobreabundan metáforas de fuerte sesgo femenino, como flores y aves: “enervada frambuesa de tu encía”, “frambuesa y rocío espeso / tu saliva”, “dame espada de duro clavel”, “mis senos… / desquiciados pelícanos en llamas”. Otra imagen común es la semilla y todo lo que tiene que ver con fertilidad: “miel y esencia”, “redondas cosechas”, “avena generosa”, “casto trébol”, “polen de la vida”. O estos versos famosos:
Si del sexo te acuerdas,
fiebre de abejas
traigo, el perfil de la pera
entre las piernas
(La estación de fiebre, IX)
Son imágenes totalmente inofensivas, plásticas quizá, pero inofensivas—aunque no sé… en gran medida han sido estos poemas los que han dado permiso de existir a cosas como “te declaro astronauta de mi cuerpo (…) / absoluto explorador de universos / escondidos en el pubis”, por mencionar sólo un ejemplo particularmente nefasto extraído de una antología reciente.

Pero volviendo a Istarú: La inocuidad de estas imágenes atenta abiertamente contra la pretensión de que esta es una poesía contestataria, de ruptura. No hay tal ruptura, ni moral ni estética, porque en este modo de hablar de sexo por medio de imágenes dulcificadas, de un modo siempre sublimado y encubierto de delicadeza, no hay ningún asomo de superación de esa tradición de nuestra poesía erótica más vieja en la que se encabezaban los poemarios con citas del Cantar de los cantares o se ponían títulos ceremoniosos como Devocionario del amor sexual. Esos no son modos de ruptura; son formas de pedir permiso.

Tal vez los poemas de Istarú sonaban mucho más contestatarios en los años 80 cuando aparecieron por primera vez, pero lo cierto es que ahora, después de autoras como María Montero y hasta Silvia Piranesi, que han vuelto obsoleto este tipo de lenguaje, no pasan de ser piezas de época, que de tan comunes e inofensivas son fácilmente copiadas por talentos menores. Uno esperaría que nuevas autoras ayudaran a superar definitivamente esa idea de la feminidad.

Ahora, el asunto no es tan fácil como armar rabietas y decir que una cosa me gusta y otra no. La razón por la que celebro la publicación de estos dos libros en porque son textos clave, de poetas fuertes con visiones originales, que de un modo u otro reproducen en sus poemas visiones de lo que significa hoy, noviembre del 2011, escribir poesía en Costa Rica. Y es que, además de mostrar las carencias literarias de los autores, las obras que leemos, año con año, muestran las carencias que nosotros, como lectores, tenemos a la hora de dialogar con estos textos y hacerlos relevantes.

El problema concreto, creo, es que no dialogamos abiertamente sobre nuestra literatura. Primero, no se leen los textos, pero incluso cuando se leen, estos textos no generan un discurso plural entre los lectores. Tenemos, por un lado, las reseñas de libros, que cumplen una función más bien publicitaria, y está bien. Luego está la crítica académica, que casi siempre llega tarde a los hechos, y lo hace para etiquetar, con criterios teóricos e historiográficos, lo que ya se ha hecho. Poco o nada se dice sobre los textos que se están haciendo.

Este vacío crítico ha permitido varios vicios históricos en nuestra literatura. Uno de ellos es la repetición, casi sin superación, de los gestos de ruptura. Los poetas locales prefieren ignorar su pasado y acaban, casi irremediablemente, repitiéndolo. Las mismas temáticas y gestos de ruptura se pueden observar entre, por ejemplo, Jenaro Cardona, Carlos de la Ossa y, hoy en día, Joan Bernal. Y me temo que no es un asunto de influencia, porque con toda seguridad está basado en el mutuo desconocimiento.

Los movimientos literarios en el país usualmente se plantean como una protesta contra la generación precedente, lo cual es normal, pero ese gesto casi nunca va acompañado de una lectura crítica de los límites creativos de esa generación anterior. Tampoco se plantean relecturas de otros autores más lejanos en el tiempo y el espacio. En nuestro país, el gesto de ruptura es siempre un gesto de olvido; y esto a lo que más frecuentemente lleva es a la reincidencia en los errores y a la profundización de nuestros límites.

Otro vicio que genera la ausencia de una lectura directa de los textos y su consiguiente crítica es que, a nivel de premios y otras formas de promoción cultural, se premian obras mediocres que no hacen más que repetir modelos gastados (“lo que suena a poesía” que más que un criterio es un prejuicio), con lo cual se contribuye con plena alevosía a convertir la poesía y en general a todas las artes en algo socialmente irrelevante.

Quiero recordarles que esta charla se da en el marco de la presentación de un informe sobre derechos culturales y, en específico, sobre el derecho a participar en cultura. Una de las formas en las que las personas participan de la cultura es hallando valores en ella. La cultura es una forma de crear significados en una comunidad. De manera que cuando la literatura, que es sólo una de las muchas manifestaciones de la cultura, pierde relevancia para la comunidad y no genera un diálogo crítico alrededor de sí misma y en relación a otras culturas literarias, pierde la capacidad de crear significados para la comunidad que la produce, significados como la feminidad o los límites de la subjetividad creativa, para hablar de lo que uno puede encontrar en Istarú o en Steinmetz. Algo de esa “imagen separada” que Carlos Francisco Monge ve entre el acto creador y la realidad en la que se crea, tiene que ver con nuestra incapacidad de darle un sentido vital, urgente, a la literatura del país.

Hace falta, entonces, y entre otras cosas, una crítica literaria dispuesta a dialogar directamente con los textos. Se me hace imposible dar recetas de cómo hacerlo porque precisamente de lo que se trata es de buscar formas nuevas y plurales de hacer que la literatura sea relevante. Pero insisto en que no se trata simplemente de escribir reseñas, sino de fomentar un diálogo directo con los textos y, por ende, con los modos históricos de la escritura. Debe ser un diálogo creativo, no prescriptivo. La crítica no-académica que propongo no sería tanto un gesto canonizador porque no establecería obras irremplazables, sino más bien canonizante en el sentido de que estaría constantemente revisando los supuestos y principios desde los cuales se leen las obras del canon.

Tampoco propongo un universo donde la crítica sea lo predominante. Hay aquí un riesgo serio de caer en otro vicio, y es que nadie opine nada hasta que los críticos no se pronuncien. Esto es otro modo de silenciar; otro modo de no leer. Lo que propongo es más bien una diálogo más abierto y honesto sobre los límites y posibilidades de nuestra literatura, de sus obras concretas. Lo que hecho hoy apuradamente con Steinmetz e Istarú es sólo un ejemplo (no sé si un modelo) del tipo de diálogo con las obras que me hace falta en el medio. Este tipo de crítica no es la solución a todos los problemas de nuestra literatura, pero sí es una forma de devolverle relevancia social a la escritura y tratar de romper un poco ese círculo de silencio que cae sobre todos los autores y libros casi después de que se publican, así como para controlar un poco la absoluta permisividad con la que se escribe en Costa Rica y que ha hecho de la literatura local una banalidad lamentable.

Empecé diciendo que a nadie le gusta (o al menos le satisface) lo que se escribe en Costa Rica. El grupo que más sufre en este estado de cosas no son tanto los escritores ni los críticos ni los académicos, sino los lectores. En efecto, de lo que se trata es de hacer la literatura más problemática, y por tanto relevante, para ellos, los lectores, sea cual sea su tamaño como comunidad y a sabiendas de que nunca dejarán de ser apenas una parte del espectro cultural total del país.

Es necesaria una crítica que vuelva a los textos, que se plantee seria y creativamente las preguntas sobre el qué y el cómo de la escritura (“¿Qué se escribe?, y “¿Cómo se escribe?”—e incluso “¿Para quién se escribe?”), que no tome a los textos como monumentos ni como puntos curriculares, sino como modos de cuestionamiento.Una crítica que se conciba a sí misma como una conversación abierta sobre las representaciones que hemos hecho de nosotros mismos en la literatura y sobre la validez actual de esas representaciones.

Insisto: la crítica no-académica no es la pomada canaria. Pero me temo que sin ella nos veremos de nuevo aquí, en 20 o 30 años, en ese futuro inaccesible, hablando de estas mismas cosas sin haber avanzado gran cosa.


(Texto leído el miércoles 16 de noviembre de 2011 en la Casa Cultural José Figueres Ferrer, en la charla titulada "Presente y futuro de la literatura costarricense", organizada por la UNESCO en el marco de la presentación del Informe sobre Derecho Culturales y Participación en la Cultura.)

15 Servidos:

sOren vargAs dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
sOren vargAs dijo...

Gustavo.

Frases como estas: "No nos hace perder el tiempo informándonos del bar favorito del autor ni de las canciones que escucha mientras llora sus penas.", me hacen tener ganas de darte un abrazo. Podré estar o no de acuerdo en tus propuestas, pero vaya que este artículo hacía muchísima falta.

Lo remarco, porque es un gran paso de valor, honestidad y urgencia. Si esta crítica aparece entre nosotros, y si sabemos diferenciarla de los asuntos personales, las cosas pueden tomar rumbos hoy inimaginables.

(Ya es hora como de actualizar la plantilla del blog).

Asterión dijo...

Soren: el problema sería que nos quedemos en reconocer la importancia del enfoque de Gustavo y no dialoguemos con él (como ha sucedido en el pasado con otros intentos). Por eso te pregunto si estás de acuerdo o en desacuerdo y te invito a argumentar al respecto. Si queremos que haya crítica debemos evitar el olvido y el silencio, justo lo que dice Gustavo en su texto, así que hagamos lo posible porque no quede en nada.

Saludos

sOren vargAs dijo...

Pero no se me encienda Gustavo, que a la hora del comentario ya me quedaban pocas neuronas prendidas jajaja. Claro que le iba a comentar. Voy a desayunar y ya le llego.

Asterión dijo...

Jeje, nada de encendido, pero justamente por ahí debemos empezar, por no pensar que uno se enciende cuando lanza unos derechazos. Es conversa, pero sostenida, y con ánimo y pundonor deportivo, como dicen los comentaristas de fútbol.

Saludos

Germán Hernández dijo...

Me he dado cuenta que Gustavo Cháves (con S) viene hace tiempo aguijoneando con estas ideas, y en este texto las aterriza de manera puntual, acertada y con autoridad.

Le comentaba al otro Gustavo (Solórzano) que sentía a propósito de su antología, que nuestra poesía se mantiene en una media, que su selección de autores era intercambiable y posiblemente se podían constatar los mismos resultados.

Me preocupa mucho ese YO que señala Chaves, es tan grande y imnipresente que anula esa tercera pregunta: ¿Para quien se escribe? pues yo contesto: para nadie, para sí mismo, una poesía que no es capaz de interpelar a la sociedad (y no al lector como individuo pues a fin de cuentas habrá a quien le gusten los florilegios)acaba siendo un adorno suntuario.

Como no hay poesía que dialoga, se nota en ciertas voces, sus ínfulas de superioridad intelectual con respecto a un posible lector. Y no solo se publican poemas sobre sus canciones de rock favoritas, y odas encriptadas a sus poetas preferidos, también hacen antologías de las babosaditas que publican en SOHO...

Me pregunto, igual que la Sordomuda de Boccanera: "¿y el público, por qué aplaude, está loco?

Saludos

sOren vargAs dijo...

Obviando los poemarios, que no he tenido el gusto de leer porque en verdad yo no compro nada ni de nacionales o extranjeros (la falacia del "apoyo al artista nacional", ¿y a mí quién me apoya como lector nacional?) si no es por recomendaciones. Esta es una muy buena, por ejemplo, y por ahí va mi primer agradecimiento.

Ahora encadeno: una buena recomendación es una buena crítica, como nos lo enseña Chaves.

¿Entonces por qué no se leen los textos? Si los textos los leen y recomiendan los mismos círculos de amigos, señalados en esta entrada, que guardan el mismo silencio en el recital, ¿uno querrías leerlos si supiera que estos sólo toman en cuenta a muy pocos lectores, ni son objetivamente valorados por los que se supone son los que saben de literatura? El mayor problema para la difusión de nuestra literatura son los amigos silenciosos y los clubes de culto. Y no estoy hablando en contra de nadie, no se me mal entienda, porque eso pasa aquí, en Liberia, en Turrialba, Heredia, San Pedro, San Ramón… o donde haya un tico.

A mí hasta me da pereza cuando me cuentan que Adriano Corrales llega a basurear a un grupo joven de poetas, que aunque tenga razón sobre su falta de trabajo, ni el suyo es espectacular, ni ofrece ayudarles con lo poco que sabe. Porque siempre sabemos muy poco. Ese tipo de actitudes divisorias no ofrecen ni el más mínimo estímulo al escritor joven.

Y los lectores seguimos sin entender qué pasa.

Sigo. También sucede que nos atenemos a los especialistas oficializados, cuando más bien estos por una larga serie de razones, conocidas y desconocidas, no pueden decir en público todo lo importante - lo negativo, lo útil. ¿Quién asume ese rol?

Nadie.

Tal vez Cri-Cri.

Bueno sería un sitio dedicado exclusivamente a reseñar los libros que van saliendo del horno, señalar dónde se pueden leer, que no es lo mismo de dónde se pueden comprar, y comprometerse a agarrarse los pantalones, comentar concienzudamente, y si no vale la pena leerlo se dice y ya, pero con bases, sin choteo, sin tomar las cosas como ataques personales, que ya eso cansa. Mucha gente aquí parecen güilas de 40.


Por ahora esto es lo que me deja pensar el cereal.

Pablo Cianca dijo...

Desde hace tiempo veo que Gustavo viene proponiendo el tema y comentando acerca de este tema. El problema esta en que cualquiera puede leerlo y estar de acuerdo, pero lo que sigue es uno como lector empezar a desmenuzar todo eso y actuar, buscar la manera de accionar contra ese estancamiento del que habla Gustavo.
Es trabajo tanto para escritores como lectores ninguno se salva. Desde el más nuevo hasta el más experimentado.
También como lo decian en otros comentarios es importante eliminar ciertos círculos y que estos se abran a un diálogo más universal para profundizar mejor en estos temas.
En lo personal opino que a nosotros los jóvenes muchas veces esto es lo que nos hace perdernos en el camino y nos lleva a seguir con lo mismo evitando esa regeneración de la poesía costarricense.
Muy buen y necesario artículo.

Cristian Marcelo Sánchez dijo...

Bueno, yo creo que por lo menos desde la crítica académica existen propuestas importantes de análisis de la poesía costarricense,pienso en Carlos Rafael Duverrán, Carlos Francisco Monge, Margarita Rojas, Francisco Rodríguez, Jorge Bocanera, el mismo Gustavo Solorzano. Para mí el problema principal proviene de los escritores, que son incapaces de escribir sobre el otro, opinar sobre el otro. Generalmente, todo se queda en los diálogos de cafetería o cantina, entre las burlas y la serruchada de piso, que es lo más lamentable. Solo se opina para alabar al amigo, es lo que yo llamó la mezquindad del tico... Hablando con Melvyn Aguilar, él me decía lo difícil que es conseguir poetas que quieran colaborar en su revista, que quisieran escribir un artículo sobre otro poeta. Siempre me ha sorprendido que exista esa... no sé como llamarla, pereza! Yo creo firmemente que el poeta debe conocer la poesía costarricense de cabo a rabo, sin medias tintas... es importante conocer lo que se escribe en el extranjero, en otros idiomas, pero primero se debe conocer de donde se viene, para poder saber hacia donde vamos...

sOren vargAs dijo...

Bueno, francamente yo no gastaría tiempo ni leyendo ni comentando a Desinach o a Sagot...

sOren vargAs dijo...

O a Perro Azul, siiiiiatonto...

Anónimo dijo...

Maes, conocen esta vara http://www.repertorioamericano.org? Usemoslo pa la crítica... Inviten a sus amigos de Facebook y Twitter... Manda guevo, al que le cuadra al chile la poesía lo va a usar y hasta tiene nombre bonito...

sOren vargAs dijo...

Maes manga güevo, usemos Irex para lavar la poesía y tomemos Café Rey Selecto para tertuliar estas cosas. Inviten a sus amigos de Facebook y Twitter.

Cristian Marcelo Sánchez dijo...

Es tan válido comentar e interpretar a Sagot o Desinach de una forma seria y crítica, como hacerlo con Obando, Trejos, Rodríguez o cualquier otro... Ese es el mismo problema al que apunto: la incapacidad de ser serios y responsables con nuestra propia literatura...

sOren vargAs dijo...

Es válido, claro, pero no es responsabilidad de los escritores. Lo que sí es responsabilidad de los escritores es la denuncia, el juicio, no la exégesis.